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“Cuñapirú:
patrimonio arqueológico industrial al
rescate de la memoria. (1)
Prof. Eduardo R. Palermo Estas serie
de notas que publicamos desde hoy, sobre el importante centro minero
de Minas de Corrales, forman parte del trabajo que presentamos en el
Congreso de Antropología del MERCOSUR, realizado en Montevideo
en 2005 y que consideramos de interés divulgar para reactivar
la discusión y reflexión pública sobre este
tema. En particular a partir de la actual promoción del
turismo que en dicha zona se viene desarrollando con propuestas muy
interesantes, estas notas pretenden ser una contribución desde
la historia y la conceptualización patrimonial un aporte al
esfuerzo de la comunidad.
La región aurífera de Cuñapirú – Corrales – Zapucay se encuentra al Sur del departamento de Rivera, a 95 kilómetros de la ciudad de Rivera y a 35 kilómetros de la ciudad de Tacuarembó. Limítrofe con el departamento de Tacuarembó, al cuál perteneció hasta 1884 cuando se separa, siendo el límite entre ambos el Río Tacuarembó, consecuentemente toda la zona minera quedo incluída en el nuevo departamento. La región está dominada por las cuencas tributarias del Río Tacuarembó y de los arroyos Cunapirú y Corrales, dentro de la región geológica denominada tradicionalmente isla cristalina. Minas de Corrales es la población más importante de la zona minera, con una población que se caracteriza por la migración casi permanente, durante los ciclos de explotación activa la zona incorpora históricamente pobladores, cuando esta se termina el éxodo es casi inmediato. La producción tradicional es netamente agropecuaria, con una baja incorporación de mano de obra intensiva. La distancia relativa de la frontera ha permitido que la traslación de la mano de obra y sus familias se hiciera con facilidad hacia y desde el Brasil. Desde el punto de vista socio cultural la región posee una de serie de características peculiares, mientras en todo el departamento predomina el DPU como lengua franca y una masiva presencia de familias de origen lusitano o brasilero, en esta zona hay una fuerte concentración de familias descendientes de los antiguos mineros de origen europeo por lo cuál muchas de ellas mantienen en sus tradiciones particularidades idiomáticas o costumbres propias de la tierra de sus abuelos. Marco teórico desde la perspectiva del patrimonio Situados a principios del siglo XXI, no podemos estar al margen de la permanente globalización que en muchos aspectos despersonaliza y hace perder contenido al sentido íntimo de la Identidad Cultural, como eje central de pertenencia a una comunidad que es en definitiva la de nuestras raíces. El concepto moderno de patrimonio cultural incluye no solo los monumentos y manifestaciones del pasado (sitios y objetos arqueológicos, arquitectura colonial e histórica, documentos y obras de arte), sino también lo que se llama patrimonio vivo; las diversas manifestaciones de la cultura popular (indígena, regional, urbana), las poblaciones o comunidades tradicionales, las lenguas indígenas o tradicionales, las artesanías y artes populares, la indumentaria, los conocimientos, valores, costumbres y tradiciones, características de un grupo o cultura. Este último constituye el patrimonio intelectual: es decir, las creaciones de la mente, como la literatura, las teorías científicas y filosóficas, la religión, los ritos y la música, así como los patrones de comportamiento y la cultura que se expresa en las técnicas, la historia oral, la música y la danza. Es posible conservar trazas materiales de este patrimonio en los escritos, las partituras musicales, las imágenes fotográficas o las bases de datos informáticas, pero no resulta tan fácil cuando se trata, por ejemplo, de un espectáculo o de la evolución histórica de un determinado estilo de representación o de interpretación. De tal forma una entidad arqueológica, unos conocimientos no funcionales, un proceso productivo en desuso, antes de su activación patrimonial son sólo piedras, artefactos y recuerdos. Después serán patrimonio institucional de un pueblo. Más tarde, con la divulgación y la vinculación histórica, patrimonio público. Luego, con su entrada en el mercado, podría ser patrimonio turístico. Patrimonio y políticas patrimoniales: La dimensión política del patrimonio no sólo se refiere a la administración territorial de los bienes culturales, sino también a su inclusión en los procesos de apropiación significativa y puesta en valor de los mismos por la sociedad civil, entendidos estos como referencias culturales. En los últimos años las políticas públicas orientadas a la financiación de las actividades culturales han multiplicado sus fondos y programas, sin embargo estás políticas no alcanzan a la generalidad del país. Es cierto que se han realizado acciones de real interés y pertinencia a emular como el proyecto Museo de Gardel en Tacuarembó o el más reciente de recuperación patrimonial en el Barrio Peñarol. En todos los casos el éxito ha estado en la participación del ciudadano apropiándose de su memoria colectiva, del pasado histórico del lugar, reconstruido a través de la historia oral, material y arqueológica y concretado en centros de exposición y museos. Creemos que se ha avanzado, pero los planes y programas que estos organismos han implementado han sido atenuados y muchas veces debilitados a la hora de revisar el panorama cultural de regiones del país más alejadas como Rivera. Estos territorios locales se ven amenazados por una desidia que muchas veces se retroalimenta internamente, con el peligro de la inanidad consecuente. Es un hecho que salvo contadas excepciones los municipios no destinan fondos adecuados a la preservación patrimonial. La primera evidencia que justifica una política de puesta en valor patrimonial como motor del desarrollo local en regiones alejadas del centro de poder, es que en estos territorios es donde se concentra una gran riqueza patrimonial y donde el efecto en términos de desarrollo local es más visible. “Cuñapirú:
patrimonio arqueológico industrial al
rescate de la memoria. (2)
Prof. Eduardo R. Palermo En
el caso de Corrales, la condición de enclave minero impone una
acción urgente de rescate, ya que el desarrollo de las
explotaciones no siempre respeta el valor patrimonial. Así
paso con la Mina San Gregorio, donde la moderna explotación
impuso un modelo a cielo abierto destruyendo los restos históricos
existentes. El riesgo de destrucción es real, así como
la necesidad de implementar políticas de recuperación
patrimonial y desarrollo turístico que genere fuentes de
empleo cuando la empresa minera se retire. La historia de la zona es
repetitiva, los ciclos de prosperidad y depresión están
directamente asociados a la existencia de la empresa minera. El centro del país es gravitante imponiendo una disparidad y generando expectativas en los sectores más deprimidos que se encuentran en regiones que históricamente han tenido menos acceso a la cultura y sus beneficios. Expectativas que no son cubiertas por problemas de difusión y posesión adecuada en estos sectores, o por que la presentación de proyectos en los centros de producción cultural, mejor formulados y más documentados, casi siempre obtienen las opciones ofrecidas. Existe de este modo una desconexión real, en donde la desinformación y la falta de capacitación de la ingeniería social activa de las comunidades regionales frente a estas iniciativas. El primer paso para la protección del patrimonio es su conocimiento, la ciudadanía no debe ser sólo informante sino que también intérprete de ese legado, ya que no solo la destrucción del patrimonio es una demostración de poder, sino que también, y de manera más compleja, la conservación selectiva que el poder hace de un legado cultural determinado. En este sentido es importante decir que este patrimonio corralense, que desde 1946 se habla de transformarlo en un centro turístico, no ha tenido hasta el presente ningún proyecto de preservación patrimonial serio, solo se ha pensado en explotarlo como balneario público intentando reconstruir los murallones de la represa para generar nuevamente el espejo de agua, pero dejando de lado lo esencial, la preservación, recuperación y puesta en valor de lo que representó ese escenario socio-económico para la región y el país. La participación de la comunidad es fundamental en los proyectos patrimoniales, apropiándose de su pasado y su memoria, preservando los testimonios materiales e intangibles desde una acción responsable. Ésta operación de intervención en la preexistencia supone que los aspectos materiales del deterioro de un bien patrimonial son síntomas de una necesidad más importante como es la recuperación de la calidad de vida de los habitantes. Debemos asumir que este conjunto de construcciones son únicos e irrepetibles y por ello es importante reconocerlos por sus características singulares, la población se identifica con ellos para mantener una parte fundamental de la historia de su comunidad además de la importancia que tienen como potencial generación de fuentes laborales a través de la utilización del patrimonio arquitectónico y arqueológico industrial como paseo turístico. No es sólo una valoración monumental, son la consideración de otros muchos valores, entre ellos, los simbólicos, culturales, y los que remiten a la memoria colectiva de una comunidad, los que dan valor esencial al conjunto patrimonial minero de Cuñapirú, Santa Ernestina, San Gregorio, Corrales, Zapucay y Cortume. Se ha concluido que en la puesta en valor del patrimonio intangible, la noción de referencia cultural presupone la producción de informaciones y la investigación de soportes materiales para documentarlas, pero significa algo más: un trabajo de elaboración de esos datos, de comprensión de la resignificación de bienes y prácticas realizadas por determinados grupos sociales, en vista de la construcción de un sistema referencial de la cultura de aquel contexto específico. Una de las características en general de las localidades más pequeñas es la de tener una identidad cultural definida. En el caso de Minas de Corrales esa identidad es fuerte y ha sido expresada en diversas oportunidades a lo largo del tiempo. A modo de ejemplo digamos que en 1983 la comunidad se organizó para defender las torres de hierro del aerocarril que pretendían ser desarmadas por el gobierno con la finalidad de venderlas como hierro viejo, se juntaron firmas y se realizó una campaña por la prensa que contó con la intervención de la justicia reafirmando el carácter de patrimonio histórico de las mismas. En 2003 ante la amenaza de cierre del Hospital de Corrales y su transformación en policlínica, medida adoptada por el Ministerio de Salud Pública, nuevamente los vecinos se organizaron en asamblea popular, se juntaron más de 3000 firmas, se movilizó la prensa departamental y nacional, se realizó una asamblea multitudinaria en la Ruta 5 a la altura de Manuel Días reclamando se mantuviera el status del nosocomio local, el apoyo recibido de corralenses dispersos por el mundo llamó la atención de muchos y se anuló la medida adoptada. Muestras de organización y participación comunitaria como estás llevaron también a iniciar un proceso de recuperación de objetos vinculados a la minería y a la familia del Dr. Davison, médico y filántropo que vivió allí y generó una fuerte unidad en la comunidad. En 1998, la comunidad corralense, solicitó apoyo al Ministerio de Educación y Cultura para intentar estructurar un proyecto histórico en la zona, se organizó un conjunto de Talleres con Técnicos del Ministerio y con el apoyo de UNESCO se llegó a la publicación de un libro denominado “Historias del pago” donde se recogen aspectos literarios y de crónicas sobre la memoria que se retiene en base a aspectos históricos. Todos estos elementos aportan a consolidar una identidad propia, social y territorial, producto escaso en la actualidad y por lo tanto, la valoración de este recurso debe constituirse en un potencial de desarrollo local puesto que la identidad cultural es lo que, en definitiva, constituye un atractivo cultural. |
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