Nota extraída del sitio Uruguayos.nu

LA VIDA EN UNA COLONIA DE RUSOS CRISTIANOS ORTODOXOS EN RIO NEGRO
UNA ISLA EN TIERRA FIRME

No miran televisión, no leen los diarios ni escuchan la radio porque su fe se los prohibe. Son las reglas de una comunidad rusa cristiana ortodoxa de 15 familias fundada hace 30 años en Río Negro. Algunos de ellos nacieron en China o Brasil, pero otros apenas si han viajado a Paysandú o Fray Bentos. Viven en su propio mundo de 1.000 hectáreas.
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El aire pesa y el sol raja el camino de tierra. Son las tres de la tarde y la calle de 12 casas, que termina abruptamente después de 300 metros, parece desierta. Pero no lo está. Varios pares de ojos miran detrás de las ventanas y, aunque no corre ni un soplo de brisa, las cortinas se sacuden suavemente.

Desde hace 30 años, un grupo de staroveri ("creyentes en los ritos antiguos") vive a 14 kilómetros y medio de San Javier, en Río Negro. Sin embargo, no hay ningún cartel en la carretera que indique la presencia de la colonia. El pueblo ni siquiera tiene un nombre propio, se lo conoce como Colonia Ofir, nombre genérico de la zona.

"De vez en cuando alguien viene, mira, a veces se ríe, señala y se va. Queremos vivir tranquilos. Nada más" balbuceó en un español elemental y quebrado Marcos Chuprov, de 36 años, uno de los campesinos rusos que pueblan la colonia, donde viven poco más de cien personas. A pesar del intenso calor, viste una camisa de seda bordada y pantalones oscuros, como el resto de los colonos. Su esposa, sentada a su lado, lleva el pelo cubierto por un pañuelo y un vestido hasta los pies de mangas largas. Ocasionalmente levanta la mirada del piso y pronuncia unas pocas palabras, ninguna en castellano.

Esa vida tranquila tiene sus reglas, que se cumplen más o menos estrictamente en nombre de la religión y la tradición.

Los staroveri o "barbudos" -como los llaman sus vecinos- visten ropas tradicionales, no se afeitan, no miran televisión, ni escuchan radio. La única música permitida son los cantos en la misa de los domingos, su único día de descanso. Ninguno de ellos habla demasiado sobre el origen de sus costumbres.

Para la mayoría, "porque la Iglesia lo prohíbe " es explicación suficiente de sus renuncias y esperan que también sea así para quien pregunta. Otros son un poco más complacientes con la curiosidad ajena. "El gurí sabe que todos los días tiene que ordeñar las vacas, darle de comer a las gallinas y si tienen televisión empiezan los líos, a no escuchar a los padres, a opinar cosas que a veces no deben. Es para no corromper la Iglesia o los hijos", explicó Daniel Zaitsev, de 36 años. El ha visto televisión "alguna vez" en sus viajes a Paysandú pero "no le gusta". El 90 % es mentira. Lo original es 5 %" sentenció.

Las dos Américas

Zaitsev es uno de los que habla mejor castellano, aunque en realidad -y a pesar de sus ojos azules y cabello rubio- es chino. Nació en ese país pero cuando tenía dos años se mudó con sus padres a Argentina, amparado en una resolución de la Organización de Naciones Unidas que ofrecía facilidades de migración para los campesinos rusos que vivían en China. Y eran miles. Estaban allí desde fines del siglo XVII cuando, perseguidos por no aceptar modificaciones de sus prácticas religiosas (ver Raskónick, los viejos creyentes).

El padre de Zaitsev hubiese preferido radicarse en Estados Unidos, donde lo esperaban algunos parientes. Pero su falta de precisión lo desvió miles de kilómetros. "Como mi abuelo vivía en Nueva York mi padre pidió América. Pero hay dos Américas. Mi padre lloraba y lloraba", recordó Zaitsev, sonriendo.

Una vez en Argentina, sin embargo, su padre "se enamoró" del país a pesar de que "sufrió mucho" por las escasas cinco hectáreas -"un monte de pura piedra"- que recibió su familia.

Diez años más tarde la comunidad argentina se redujo dramáticamente. La mayoría se mudó a Estados Unidos "asustada" por el gobierno peronista. Cuando los Zaitsev decidieron seguirlos ya era tarde. "Estados Unidos tenía conflictos con China y nosotros habíamos nacido ahí. No nos aceptaron", lamentó. También tenía otras razones para quejarse. "Cumplí 18 años y no tenía con quien salir. Entonces vine a Uruguay a conocer nuestra gente, nuestras comunidades y ver gurisas también", explicó. Aquí se casó, tuvo siete hijos y se reencontró con las costumbres de sus ancestros. "Cuando vivía en Argentina escondía mi raza.

Usaba la ropa y barba en la colonia pero cuando salía me afeitaba y me cambiaba. Éramos pocos y no teníamos dirigentes. Vine a Uruguay para no terminar con la doctrina".

Por amor

Según Agnia Anufriev, de 17 años, la colonia en Uruguay es más tradicionalista y hermética que su colonia natal en Mato Grosso, Brasil, que abandonó al casarse, cuando tenía 15 años. "Allá los chicos hablan portugués y van a la escuela brasileña. Acá nadie estudia castellano, dijo en voz baja mientras hamacaba la cuna colgante que fabricó su esposo para que duerma su hija de ocho meses. La colonia uruguaya también es más pobre que la suya. "Mi familia era rica. Mi padre tiene 2.000 hectáreas, dos autos, tractores y teléfono celular. Me costó acostumbrarme acá", afirmó tímidamente en portuñol.

Los staroveri uruguayos plantan verduras, maíz, trigo, girasol y cebada en 1.000 hectáreas que -dicen- no son propias sino arrendadas. Al igual que sus paisanos brasileños, tienen heladeras, tractores y camionetas que compraron con créditos del Banco República. Pero varios no funcionan y no los han reparado. La mayoría se queja de que su situación económica es "difícil" y su vida, sacrificada. "Para nosotros no hay horario. A veces empiezo de mañana a las siete y trabajo hasta la mañana siguiente, cuando viene alguien y me cambia de turno, si es que hay alguien, contó Chuprov.

Dr. Zivago

Pese a que no ven televisión, ni escuchan radio ni leen la prensa, los "viejos creyentes" saben que Julio Sanguinetti es presidente de Uruguay, conocen algunas autoridades de la Junta Local y se quejan de los impuestos y el precio del trigo.

Viven del dinero que consiguen vendiendo cebada a las empresas Pilsen y Norteña y quesos y manteca en Paysandú, de casa en casa, todos los viernes. Sus vínculos con los sanduceros, rionegrenses o cualquiera externo a su comunidad, cuentan, son estrictamente comerciales.

Los staroveri se casan solamente entre ellos y a partir de los 13 años. "Si alguien quiere adaptarse a nosotros, tomar nuestra religión se puede casar y vivir acá. Si no, no, precisó Alex Chuprov, de 34 años. Tampoco se acepta el divorcio, salvo en caso que algún miembro de la pareja amenace de muerte al otro. Hasta ahora sólo hubo un divorcio dentro de la colonia. Quien queda viudo puede volver a casarse pero sólo tres veces más. "Al cuarto matrimonio la persona ya es de edad y si tiene hijos ellos tienen prioridad" explicó Zaitsev.

Periscova -de cara redonda, ojos color turquesa y piel rojiza- recuerda con entusiasmo el día que vio Dr. Zivago en el cine de San Javier, tiene 40 años y es la única mujer de esa edad todavía soltera. Ya ha perdido la esperanza de casarse. "Es muy dificil encontrar a alguien, dijo, escondiendo bajo su pañuelo su pelo rubio. Según ella, seguramente no tendrá hijos pero -agrega rápidamente- tiene muchos sobrinos que cuidar y manteles para bordar que le encargan miembros de otras colonias, especialmente de Estados Unidos. Cada uno le lleva tres meses de trabajo y cuesta 200 dólares. Esos ingresos le permitieron viajar a Siberia y ser una de las únicas personas de la colonia que conoce Rusia.

En cambio muchos staraveri de Alaska, Brasil y Argentina han visitado la colonia de Río Negro para buscar esposas. Una vez casados, llegan a constituir familias numerosas que a veces superan los diez hijos. Pero algunos, como Marcos, son reacios a revelar exactamente cuántos miembros tiene su familia. "Hay que decir lo que no tiene. Lo que tiene no hay que decir", dijo con una sonrisa y mirando su reloj Seiko, un tanto impaciente con la duración de la entrevista.


Periscova, la única mujer soltera y una de las pocas que ha podido viajar a Rusia

"En todos los países fuimos recibidos como el cuco pero con el tiempo la gente nos fue aceptando", dijo Daniel Zaitsev.

La colonia vive de la agricultura
rn10.JPG (6065 bytes) El único niño que no se escondió mira con curiosidad a la periodista.

Una de las casas de la colonia

La única calle de la comunidad
 

Rebelión contra Nikon

El exilio de los "viejos creyentes" comenzó en 1653, cuando se negaron a aceptar las reformas realizadas un año antes por el patriarca Nikon.

Nikon -patriarca entre 1652 y 1660- es considerado una de las figuras principales del cristianismo ortodoxo ruso. Sus reformas incluyeron la obligación de hacer el signo de la cruz con tres dedos en lugar de dos y algunas correcciones menores en los libros de liturgia.

Por su oposición a los cambios, muchos de los raskólniki murieron violentamente, como el arzobispo Avvakum, considerado un mártir.

El único obispo que los apoyó -Pablo de Kolomna- murió en prisión y las comunidades de los "viejos creyentes" se quedaron sin alguien que les administrara los sacramentos.

En 1917, en Rusia, vivían más de 20 millones de "viejos creyentes". Hoy quedan cerca de un millón. La mayoría de los raskólniki vive hoy en Alaska, al oeste de Estados Unidos y América del Sur.

"Ni el doctor"

Los niños ayudan en las tareas de la casa y acompañan a sus padres en el campo. Cuando llega un extraño, se esconden rápidamente. "Trabajan desde que empiezan a comer, sonrió Zaitsev. Sin embargo, siempre debe quedar tiempo para el estudio. Aunque no van a la escuela pública, los niños tienen la obligación de asistir a ocho horas de clase dictadas por uno de los colonos, todos los días salvo domingos y feriados.

Existe un solo grupo donde conviven alumnos de todas las edades que aprenden a leer y escribir en ruso, a leer eslavo -el idioma de su iglesia-, matemática y "un poco de español aunque no quieren hablarlo" agregó Zaitsev.

Según Chuprov, el castellano sirve solo "por si les toca firmar algún documento. Algunos de los miembros de la colonia han viajado a Montevideo para hacer trámites, pero la mayoría lo hace en Fray Bentos o Paysandú, donde hay otra colonia con la cual están en contacto. También recurren al hospital de esa ciudad en casos de enfermedades graves y varios niños de la comunidad nacieron allí. La primera esposa de Chuprov murió en la colonia durante un parto y desde que la mujer de Zaisev perdió su hijo por complicaciones durante el embarazo, se ha atendido en Paysandú. Sin embargo, Chuprov cree que "cuando uno tiene que fallecer nadie lo va a salvar, ni el doctor".

Prevención

Aunque tienen permitido tratarse en el hospital, sus costumbres les prohiben tomar el agua que allí le ofrezcan, por ejemplo. "Si salgo a Paysandú y como un sandwich, llego a la Iglesia y cuento. Me mandan unos cuantos cánones rezar en una semana, cuánto, depende del caso", explicó Zaitsev. No existe otro tipo de sanciones y la autoridad eclesiástica es designada por los miembros de la comunidad. "Como no tenemos raíces, como estamos sin patria, no tenemos patriarcas. Los elegimos entre nosotros, agregó. Sin embargo, "a veces se está semanas para que el candidato acepte porque no es fácil Hay que hacerse responsable por la colonia y no tiene beneficio alguno. No le dan un peso, afirmó Zaitsev.

Hasta ahora ninguna mujer fue electa líder de la comunidad y, según dan a entender, difícilmente lo sea en el futuro inmediato. Las mujeres comparten el trabajo de campo con los hombres pero además deben encargarse de las tareas domésticas. El rol que ocupan dentro de cada familia depende de "qué mujer le toca al marido y que marido le toca a la mujer", precisó Zaisev. "En mi cao opinamos los dos, pero el que decide soy yo porque tengo los estudios".

Las mujeres son las que se encargan de la confección de la ropa, que sólo deja la cara y las manos descubiertas, inclusive en verano. Los zapatos se compran afuera, junto con las telas, el azúcar y los muebles, que son pocos. Las casas, construidas en madera o ladrillos, son de ambientes pequeños y llevan sólo lo indispensable.

Alex Chuprov lleva la ropa tradicional y camina descalzo. Tiene diez hijos y una de sus hijas juega en la tierra con un chupete del ratón Mickey. En el estar de su casa hay algunas sillas de plástico blancas, un sillón deshilachado y pedazos de moquete cubren parte del piso. Sobre la pared cuelga solitario un poster de un campo de tulipanes que compró en Paysandú. El barro llega hasta la puerta de cada casa y las gallinas caminan libremente por los predios.

Una de las obligaciones de los colonos es asistir a aquellos que dentro de su comunidad son menos afortunados. "Tengo que darle a esa familia que no tiene qué comer pero tengo que hacerlo de forma secreta, que nadie sepa. Y si es posible de manera que ni ellos sepan", explicó Zaitsev.

Sin embargo, por sobre todas las cosas están el mantenimiento de la religión, la tradición y la "protección" de la comunidad. Y parece que día a día eso se torna más difícil.

Según Zaitsev, "los gurises tienen grabadores pero los padres no saben. Escuchan radio, a veces bailan. Si los padres se enteran llevan la grabadora a la iglesia y la rompen o la queman. Es como una prevención.

ANA L. BLUTH
Agradecemos la colaboración de Ricardo Arbiza y Vladimir Paulenko
Revista Tres
24 de enero de 1997

RASKOLNIKI
Los viejos creyentes

De Rusia a China, de China a Nueva Zelanda, Grecia, Turquía, Oriente Medio, Australia y Brasil; de Brasil a Estados Unidos y Argentina; de allí a Uruguay. Este es el periplo que 15 familias de viejos creyentes de la Iglesia Ortodoxa rusa hicieron antes de llegar hace 30 años a Uruguay. Esta comunidad de campesinos viene buscando en el mundo un lugar donde vivir en paz, manteniéndose con sus arcaicas costumbres del siglo XVII. A pesar de que el Uruguay no es hoy un país de alta recepción de migrantes, creyeron que aquí podían encontrar refugio para conservar sus hábitos y así hacer realidad su sueño de varias generaciones: poder practicar su religión en libertad.

Nuevos y viejos ritos

Fue en siglo XVI, durante el reinado del segundo zar de la dinastía de los Romanov -Alejo Mjailovich- cuando se produjo un cisma dentro de la Iglesia Ortodoxa. El raskól -como se llamó este hecho trajo persecuciones y muerte y obligó a emigrar a los creyentes que no aceptaron los cambios que se les imponían.

El 25 de julio de 1652, Nikon (Velmánovo, 1605-1681) un hombre autoritario, de gran fuerza moral e imaginación, fue elegido patriarca. Desde entonces comenzó a imponer a los feligreses una serie de cambios, procurando imitar las liturgias de las iglesias ortodoxas de Grecia y Ucrania.

Estos cambios fueron rechazados por varios clérigos que sostenían que el modo de vida de sus padres y abuelos no podía estar equivocado y por lo tanto, no debía ser cambiado. La polémica por instaurar los nuevos ritos fue descomunal; aquellos que no lo aceptaron fueron perseguidos y algunos quemados vivos, debiendo emigrar familias enteras.

Los primeros en salir del país se dirigieron a Manchuria, en el nordeste de China; otros se asentaron en la zona del Altai, al noroeste de este país. A pesar de las convulsiones políticas en que se vio envuelta China, los "viejos creyentes" pudieron mantener su fe y sus prácticas ancestrales de vida doméstica y religiosa.

Hacia América

En 1958, los staroveri experimentaron nuevos temores, amenazados por los gobiernos comunistas. Piden entonces asilo a la Organización de Naciones Unidas (ONU) y desde la colonia británica de Hong Kong consiguen embarcarse para América.

Algunos llegaron a Brasil, donde el Concilio Mundial de las Iglesias les había conseguido 2.500 hectáreas en el estado de Paraná.

La experiencia brasileña no fue del todo positiva, debatiéndose entre la inestabilidad política del país, las malas cosechas y los bajos precios que se les pagaban por sus productos.

Decidieron por eso partir hacia otro país que les brindara mejores posibilidades. Si bien en Brasil aún se encuentran asentamientos staroveri, muchas familias se instalaron en la provincia argentina de Río Negro, en Canadá, así como en los estados de Oregon, Nueva York, Nueva Jersey y Alaska, en Estados Unidos.

Las primeras que llegaron a Uruguay lo hicieron en 1966, provenientes de Brasil. Buscaban un clima menos cálido, un lugar alejado de las grandes ciudades donde sus hijos pudieran crecer en la antigua fe sin posibilidades de corrupción y con mejores perspectivas económicas.

¿Cómo viven los raskólniki?

En Uruguay las comunidades viven en base a una economía de autoabastecimiento; practican esencialmente la agricultura, aunque también se dedican a pescar. En otros países poseen compañías de navegación y pesca que los ha hecho grandes empresarios.

Aquí, las mujeres se dedican al bordado, importando telas que una vez trabajadas se exportan a otras comunidades de staroveri. Algunos hombres también son expertos en este arte.

En Rusia se distinguieron por un alto índice de alfabetización, en los países donde llegan se preocupan por enseñar a sus hijos las costumbres de sus ancestros, sin variar los hábitos que los caracterizan antes de salir de su país de origen, consiguiendo así crear una cultura propia, peculiar, distinta. Los alimentos, las ropas que visten, el agua que beben, todo está ligado a las prácticas religiosas. El esfuerzo por mantenerse aislados aún continúa y aunque se adaptan al uso de elementos de la vida moderna, como la electricidad, los coches, tractores y camiones, freezers, lavarropas y cocinas, han sido inquebrantables en su fe, en el uso de ropas tradicionales, en el consumo de alimentos peculiares y en la prohibición expresa de utilizar radios y televisores.

Los jóvenes staroveri buscan pareja dentro de las distintas comunidades que hay por el mundo. La familia es el puntal donde permanecen los más importantes valores, en ella se aprende todo lo necesario para vivir y reproducir el modo de vida que caracteriza a la secta. Suelen casarse tempranamente y formar familias numerosas.

La comunidad en Uruguay

Existen dos colonias en Uruguay -una en el departamento de Río Negro y otra en Paysandú - ambas formadas por familias venidas de Brasil, Argentina y Alaska. Se han aislado como tantas veces lo han hecho antes, adaptándose al clima con gran facilidad. Tratan cordialmente a sus vecinos más próximos, con los que mantienen relaciones meramente comerciales.

En principio los hombres debieron emplearse en las chacras y estancias próximas a las colonias; más tarde, una vez que consiguieron asentarse en la tierra se han dedicado a la agricultura, a la producción de conservas y algunos a la pesca. También producen ricotta que llevan a los pueblos cercanos para venderla junto con huevos y miel.

Las mujeres y los niños son los encargados de estas tareas de comercialización. Permanecen despiertos hasta muy tarde confeccionando vestidos, sábanas, colchas, cuadros y bordados varios, donde reproducen escenas de la vida que alguna vez sus ancestros llevaron.

Su persistencia en mantener aquel modo de vida los hace parecer exóticos. No deja de sorprender a quienes se han encontrado con los raskólniki su larga baba y su vestimenta, la tradicional rubashka -camisa de de brillantes colores- cuya confección exige no menos de 25 horas de trabajo manual, profusamente bordadas con flores. Sujeta a la cintura, por encima de esa camisa lucen la pasaj, faja religiosa tradicional que solamente llevan los hombres.

Las mujeres, mientras tanto, visten sus clásicos vestidos de telas floreadas, que también confeccionan, y no se dejan ver en público si no están con el cabello trenzado. Una soltera llevará dos trenzas; en cambio la mujer casada solo una.

Los niños "son como cualquier niño del mundo, dijo un colono, disfrutan de sus juegos y discuten con sus pares por lo que les parece injusto, lloran y ríen mientras crecen reproduciendo las costumbres de algún remoto antepasado que no quiso aceptar los cambios que les imponía el patriarca Nikon.

MARIEL CISNEROS, antropóloga
Revista Tres
24 de enero de 1997